Soldados en una operación antiterrorista en el este de Ucrania (2015).
Imagen: Ministerio de Defensa de Ucrania.

  • El ejército de Putin se centra en el flanco este de Ucrania
  • Más de 4.031 civiles han fallecido desde el inicio del conflicto, según Naciones Unidas

101 días han transcurrido desde que comenzase la ocupación rusa de Ucrania el pasado 24 de febrero. La guerra se ha alargado más de lo esperado, pese a la superioridad armamentística rusa, y aún no se ve un final cercano. Mientras, cada jornada se reportan nuevos ataques,  más fallecidos y refugiados que huyen del país.

Rusia controla ya un 20 % del territorio ucraniano entre Crimea y parte de los óblast (provincia) de Járkov, Lugansk, Donetsk, Zaporiyia, Jersón y Mykoláiv. Tras el abandono de Kyiv y la reunión de tropas en el este del país, Putin ha optado por un avance más lento, pero precavido, y estratégico.

 

Ahora la lucha se concentra, sobre todo, en la ciudad de Severodonetsk, en el óblast de Donetsk. Las tropas de Moscú poseían, hasta ayer, alrededor del 70 % del terreno, pero un contraataque ucraniano esta madrugada permitió recuperar un 20 %, según las autoridades ucranianas. En el resto de provincias no se han detectado avances significativos.

Aun así, las explosiones han incendiado el monasterio ortodoxo de madera de la Santa Dormición Sviatohirsk Lavra, también en el mismo óblast del Donbás.

 

En cuanto a los altos mandatarios, Putin podría haber destituido al general Alexandr Dvórnikov, uno de los dirigentes de la ofensiva rusa. Según Corriere della Sera, el viceministro de Defensa, Gennady Zhidko, sería el sustituto elegido por el mandatario.

 

Cambios en el frente: la guerra no cesa
El notable poderío militar del gigante euroasiático, mucho mayor que el de su vecino invadido, hacía pensar en una guerra relámpago que permitiese derrotar a Ucrania en 48 horas. El plan de Putin era un ataque a gran escala en las principales ciudades para forzar la rendición del presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, una vez cayesen en manos rusas.

Sin embargo, la rápida organización del ejército defensor y su inesperada resistencia frenaron la ofensiva invasora. Las directrices iniciales dieron paso a una mayor importancia de las operaciones de combate.

Las fuerzas rusas empezaron entonces a desorganizarse. La fracasada incursión desembocó en graves problemas logísticos, tales como la falta de combustible para los tanques, que dificultaron el avance aún más.

La solución era reagruparse para buscar objetivos más realistas y retomar la iniciativa en el conflicto. La estrategia militar pasó entonces por centrarse en victorias estratégicas que suponían un avance más lento, pero seguro y decidido. Por tanto, abandonaron los frentes de Kyiv y los ucranianos recuperaron las ciudades colindantes asediadas.

Con este panorama, Putin anunció a finales de marzo el traslado de todas las hostilidades a la región del Donbás. Esta zona, que conforman los óblast (o provincias) de Donetsk y Lugansk, ya contaba con presencia rusa desde 2014.

 

La conquista de Jérson y gran parte de Zaporiyia, al sureste de Ucrania, situaron toda la presión en una de las ciudades de Donetsk: Mariúpol. Su caída permitiría a Moscú establecer un corredor terrestre entre la península de Crimea y la región del Donbás, así como controlar todo el mar de Azov.

La dura resistencia en la planta metalúrgica de Azovstal, en Mariúpol, permitió ralentizar y distraer a las tropas en la ciudad costera. No obstante, acabó bajo dominio ruso el pasado 16 de mayo.

La ofensiva continúa con poco dinamismo por el este, a la espera de certificar si Severodonetsk cae también en manos invasoras o resiste.

 

Los fallecidos y refugiados siguen creciendo
Como en todas las guerras, la población civil es la que sufre la peor parte de los conflictos armados. Los continuos bombardeos, el uso de artillería y los ataques a infraestructuras han provocado la muerte de miles de personas o el abandono del país, en los mejores casos.

4.031 civiles han sido asesinados y otros 4.735 han resultado heridos desde el inicio del conflicto hasta el 27 de mayo, según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Sin embargo, el organismo recalcó que los datos oficiales son aproximados y que las cifras reales son “considerablemente más altas”.

A ello hay que sumar las bajas militares de ambos bandos, cuyo número exacto también se desconoce por la inexactitud de los datos y las campañas de desinformación por parte de ambos Estados. Desde el Gobierno ucraniano confirmaron que han causado cerca de 31.000 muertes de tropas rusas. Por su parte, Zelensky confirmó en una entrevista para el canal conservador Newsmax el pasado 31 de mayo que fallecen entre «60 y 100 soldados ucranianos diarios». 

 

Los ucranianos que han decidido abandonar su país natal tampoco han parado de crecer. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha contabilizado más de 6.900 millones de movimientos migratorios desde Ucrania hasta el pasado 1 de junio. Asimismo, los países europeos han acogido a 7.641.036 refugiados, ya sea temporal o definitivamente. Polonia y Rusia, por relación histórica, son dos de los múltiples países a los que huyen.

 

La respuesta internacional
La invasión rusa ha ayudado a reforzar la unidad internacional y la cooperación entre los miembros de las organizaciones internacionales. Incluso los países de la Unión Europea (UE), cuyas discrepancias eran cada vez mayores, han logrado unir fuerzas para hacer frente a Putin.

Ni la Alianza Atlántica ni la UE han declarado una guerra abierta a Rusia, ya sea porque Ucrania no es un país miembro o porque no cuentan con un ejército propio. No obstante, el apoyo a Ucrania se ha llevado a cabo mediante la vía diplomática y a través de la guerra subsidiaria (proxy war).

Zelensky, ha participado en multitud de conferencias de ambos organismos desde el inicio del conflicto. Su papel como líder de la resistencia le ha situado en la cima del panorama internacional.

Por otro lado, ya sea en conjunto o individualmente, los diferentes países europeos y los Estados Unidos han proporcionado gran parte del armamento a las tropas militares y paramilitares ucranianas.

Las sanciones a Rusia han contribuido a ralentizar el avance ruso. La Unión Europea ha lanzado seis paquetes de sanciones, que van desde la congelación de activos al veto a la compra de petróleo ruso o la exclusión del sistema bancario SWIFT, fundamental para las transacciones internacionales.

Sin embargo, la dependencia europea del gas de la potencia invasora limita el rango de acción porque desencadenaría un aumento de los precios de la energía que repercutiría, a su vez, en el resto del aparato productivo. Las consecuencias son todavía mayores si se tiene en cuenta la alta inflación que ya existía antes de la guerra. «A día de hoy no estamos hablando de un bloqueo de gas. El tema es golpear a Rusia, pero sin perjudicarnos demasiado», explicó el comisario europeo de Economía, Paolo Gentiloni, en una entrevista al diario italiano Stampa.

Este problema ha generado nuevas rencillas recientemente entre los países miembros, que defienden dos posturas contrarias: una relajación de las tensiones con Putin o una mayor contundencia con las restricciones a Rusia. El propio Gentiloni reveló también las discrepancias en el asunto: «No hemos ido más allá porque muchos países se frenan: los escandinavos porque ya lo aplican a través de la negociación colectiva, los del Este porque temen que no se sostenga…».

En el terreno geopolítico, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ya ha iniciado conversaciones con Turquía, Suecia y Finlandia para facilitar la entrada de estos últimos al organismo militar tras los impedimentos planteados por el presidente turco, Erdoğan.

 

Venancio Sánchez-Cambronero. Redactor.

“El trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a esconderse”. Ryszard Kapuściński