Lucía Ayuso Gamero

Nick Jonas y Priyanka Chopra acaban de tener un bebé, según han comunicado en sus respectivas redes sociales. La intérprete llevaba tiempo queriendo ser madre, de acuerdo con sus declaraciones en entrevistas durante los últimos cuatro años. El cantante era el último de los Jonas Brothers que quedaba por estrenar la paternidad. Una buena noticia, se mire por donde se mire, ¿no es así?

“Nos entusiasma confirmar que hemos tenido un bebé mediante gestación subrogada. Pedimos amablemente privacidad durante este momento especial para centrarnos en nuestra familia. Muchas gracias.”, dice el mensaje que la pareja publicó en Instagram.

Oleadas de felicitaciones, mensajes de apoyo y gente encantada con la noticia. Parece que nadie ve el problema, que nadie se ha quedado con la sonrisa congelada en la boca tras ver “mediante gestación subrogada” después de “hemos tenido un bebé”.

Me tomo la libertad de corregir ligeramente la primera oración del mensaje: “Nos entusiasma confirmar que hemos comprado el cuerpo de una mujer gestante con necesidades económicas para que dé a luz un bebé que va a ser nuestro”. Así suena más chocante, más duro y menos bonito. Pero mucho más real.  

La gestación subrogada es una técnica de reproducción mediante la cual una mujer gesta “voluntariamente” a un hijo para una persona o pareja ajena a ella, es decir, una técnica que comercializa con el cuerpo de la persona gestante y mercantiliza la maternidad. Aunque en España sólo es legal la gestación subrogada altruista, en la que no hay compensación económica, en Estados Unidos también lo es la comercial.

La gestación por vientre de alquiler no es barata. Llega a costar decenas de miles de dólares. “Es una forma más de tener hijos”, defiende mucha gente. Evidentemente, lo es, pero sólo para unos pocos: personas con alta capacidad económica que sacan partido de la situación precaria en la que se encuentran muchas mujeres sin recursos a las que no les queda otra que aceptar un contrato que atenta contra su libertad sexual y su dignidad.

De ahí que en el mundo de las famosas cada vez esté más extendida esta práctica. Tienen el dinero suficiente para no resignarse y aceptar que su fertilidad no les permite tener hijos, tienen el dinero suficiente para no correr riesgos de salud que pueden correr otras en su lugar, y saben que no vale la pena dejar de tener un cuerpo perfecto cuando pueden hacer que otra mujer aguante por ellas los nueve meses de embarazo.

Entonces, la gestación subrogada es un problema de clase. No es un acuerdo mutuo y aceptado entre la mujer que gesta y la pareja que recurre al servicio, ni un contrato válido que la gestante acepta con consentimiento libre. “El consentimiento surge del deseo, es libre, reversible, temporal, entusiasta y específico”, afirman Las brujas del mar en Facebook.

Aun así, hay quienes siguen en sus trece y dicen que las mujeres que prestan su vientre no tienen necesariamente”que ser pobres: pueden ser familiares de la pareja, amigos, “personas que simplemente quieren ayudar”, etc. Es un supuesto muy comentado pero nada difícil de desmontar.

Kim Kardashian tuvo a su tercer (Chicago) y cuarto (Psalm) hijo por gestación subrogada con Kanye West. Su familia tiene mujeres fértiles que han disfrutado de su embarazo y lo han anunciado públicamente en varias ocasiones. ¿Por qué no fue ninguna de ellas la que ofreció su vientre para Kim Kardashian? Porque la gestación subrogada altruista es algo que muy poca gente estaría realmente dispuesta a hacer. Un embarazo conlleva riesgos, no es cosa de un día ni puedes arrepentirte a mitad del proceso.

Además, ¿cuándo se ha visto a una mujer de alta capacidad económica prestar su cuerpo para gestar un bebé que luego le va a entregar a unos extraños? Nunca. Porque los explotadores son los que tienen dinero y las explotadas las que no lo tienen.

El contrato del vientre de alquiler cosifica a la mujer, le pone un precio a su tiempo, a su cuerpo y a su mente para que geste a un bebé del que luego tendrá que desprenderse (con sus respectivas consecuencias físicas y psicológicas).

Es un negocio que ve a la mujer como una incubadora, como un vientre gestante, y no como una persona que, por el hecho de serlo, tiene derechos humanos y una dignidad. Pero no sólo eso. La libertad de la persona gestante en este contrato se ve limitada hasta el punto en el que se imponen normas como no montar en metro, no teñirse el pelo, no tocar arena de gato con las manos, etc.  

También cosifica al bebé, que es el bien de un contrato de compraventa y alguien tendrá que contárselo cuando crezca. Esto partiendo del hecho de que la persona o pareja que haya “encargado” el bebé, termine quedándoselo, claro. Porque, en el caso contrario, ¿quién se hace cargo de él?  

Si un niño que ha nacido para producir un beneficio económico no cumple su función de la manera que originalmente estaba planeada, lo cumplirá de otra. En otras palabras, la “empresa” de la gestación subrogada y demás redes que se dedican a ella pueden vender al bebé a otros usos como el tráfico de órganos.

Tiene que ser muy frustrante ver cómo tus esfuerzos por tener hijos son en vano y cómo se te va escurriendo ese sueño entre los dedos como si fuera arena a medida que pasan los años. Adoptar no es nada fácil ni nada rápido, y la fecundación in vitro requiere fertilidad y capacidad de gestación por parte de la mujer.

Para la mayoría, ahí se acaban las opciones; para unos pocos, aún queda una. Pero esa opción restante no debería ser ni siquiera considerada como tal. Porque ser padre o madre no es un derecho, es un deseo y, muchas veces, un privilegio. Pero un privilegio que en ningún caso debería depender del dinero.   

Las mujeres no les deben hijos a las personas que no pueden tenerlos, y  las personas que no pueden tenerlos no deberían querer comprarlos de una forma tan inhumana. Pero mientras sigan queriendo, la maternidad sólo tendrá un requisito en nuestra sociedad actual: tener el dinero suficiente para comprar bebés a mujeres empobrecidas.

Porque, al final, todo se reduce a lo mismo de siempre: el privilegio del rico reina sobre la dignidad del pobre.

Lucía Ayuso. Redactora.

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