Macarena Lledó

¿Es la forma en la que amamos el resultado de nuestra cultura? Amar es un acto íntimo y personal, pero tiene demasiado componente social. Más del que me gustaría admitir.

No amamos nosotros, ama lo que se ha hecho de nosotros. Para empezar, siempre elegimos a alguien por su apariencia, tal y como afirma el sociólogo alemán Niklas Luhmann: “La atracción sexual es un mecanismo simbiótico sobre el que se erige la semántica del amor”. O sea, que es el preámbulo del amor.
Pero no siempre se llega a él.

¿Cómo de relacionado está el sexo con estar enamorado?
Hay quien dice que hoy en día ya nadie siente nada, solo se busca pasar un buen rato y no comprometerse. Antiguamente sí que era “amor verdadero”. Las parejas no se separaban y muchos comenzaron su vida sexual en el matrimonio, con su “media naranja”. Un compromiso que dura “hasta que la muerte los separe”.
Aquí la religión y la tradición han hecho algo mal.

No es que en el siglo XXI ya no se ame, ni que seamos seres superficiales e hipersexualizados, es que ya no es amor incondicional. Y eso no está mal. Hoy en día sabemos y podemos poner límites al amor, nuestra sociedad nos lo permite.

Hace 50 años los matrimonios no se separaban porque una mujer soltera no solo estaba mal visto por la sociedad, sino que tampoco tenía opciones de sobrevivir sola. La vida, por desgracia, no estaba hecha para eso. No me parece justo romantizar matrimonios de toda una vida que no se han divorciado porque socialmente se les ha dicho que debían aguantar todo.
Todo no.

Los hombres siempre han tenido la sexualidad mucho más desbloqueada que las mujeres: no pasaba nada por que uno tuviera una amante, o dos. Era incluso normal. Y la mujer tenía que aguantar eso por aquello de “hasta que la muerte nos separe”. No estoy de acuerdo con juzgar a las generaciones que han salido de los mitos del amor romántico “tradicional”. Nosotros amamos, pero antes de querer a alguien hasta la muerte, nos queremos a nosotros.

También hay que admitir que tenemos mucho más miedo. A pesar de haber cambiado, hay cosas que aún tenemos sobre los hombros y nos pesan demasiado. Escuchamos que en algún momento hay que “centrarse”, lo cual implica casarse, comprarse una casa y tener hijos. Al final, siempre llegamos a lo mismo.

Mientras somos jóvenes decimos que tenemos que aprovechar porque en algún momento nos “centraremos” y recordaremos estos años con nostalgia. Cuando hacíamos lo que queríamos.

Creo que amar no debería ser una cárcel nunca. Y en muchas ocasiones lo ha sido, lo es y lo seguirá siendo. Queremos con límites porque no nos queremos encarcelar en un “hasta que la muerte nos separe”, como si tomar una decisión implicara no poder cambiarla en toda la vida.

Hay quien quiere con todo y quien solo sabe querer a trozos. Pero la sociedad no debería juzgar nuestra forma de comunicarnos y sexualizarnos. Hay personas que se quieren hasta la muerte, y es maravilloso, pero no obligatorio.

 

 
Macarena Lledó. Subdirectora y redactora.

“Si no creemos en la libertad de expresión de las personas que despreciamos, no creemos en ella en absoluto”. Noam Chomsky